No hay peor infierno que el de aquel que lucha contra sí mismo,
que va en contra de sus ideales, del que no se anima a enfrentar la
vida con actitud digna.
Hay épocas en las que algunos sienten vivir en el infierno; ésos son
los tiempos en que la soledad les colma todos los espacios; son años
de pérdida, en que la luz no aparece, ni siquiera de lejos.
Esos infiernos son las más comunes de todas las personas y no hay
diablo más poderoso que los pensamientos negativos que no te dejan
estar en paz.
No hay lugar más oscuro que un corazón vacío de sentimientos.
Y no hay lugar más triste y desolado que el que tú puedes construir
con un corazón que no tiene fe.
No hay infierno que supere a aquel que implica vivir sin amor a
la vida. El odio es fácil, se alimenta solo; el rencor crece sin necesidad
de hacer nada; la indiferencia sale sola, sin pensar.
Parece que hacer daño, envidiar o ser individualista es normal en
la naturaleza del hombre.
Dios hizo al hombre libre para elegir qué hacer y, sin embargo,
parece que viviera equivocado, porque siempre vivió en guerra, siempre
hubo conflictos, celos, competencia en la mente de los hombres.
Por algo nos manda a decir que nos amemos unos a otros.
Más
que como mandamiento, lo pide como consejo y quizá como advertencia,
pero si no aceptan ese buen consejo, todo será un caos, no
porque Él los castigue (el castigo suena a tiranía), sino como prevención.
Pues si no se aman no vivirán bien, tampoco vivirán en armonía,
conocerán riesgos y vivirán llenos de miedos entre todos ustedes
Ser libres para elegir es toda una responsabilidad; eres libre para
elegir el destino, el tiempo, y hasta para saber cómo y dónde vivir.
Libre para saber con quién compartir tu vida, tus afectos.
Si amar es la base de todo, si estar en armonía con el
entorno es indispensable, si ser feliz es posible y si estar sano
es lo natural, si como seres amados por Dios les cuesta tanto
dar lo mejor de cada uno, ¿cómo pueden decir que son seres
avanzados?
El Amor, con mayúscula, es eterno, trasciende la frontera de
todo sentimiento.
Es inmenso y es total; vivimos todos de acuerdo con lo que el amor nos pueda dar.
Una palabra de amor de quien amas
te levanta hasta lo más alto del Cielo.
Pero uno siempre espera que
sean los otros quienes nos amen primero; siempre el otro es al que yo
le exijo que empiece a hablar, a demostrar que me quiere.
Y no sólo
eso, sino que dudo si el otro es sincero con lo que me dice.
Cuando
alguien nos ama de verdad, hasta nos damos el lujo de desconfiar. Y,
muchas veces, no nos damos cuenta de que cansamos al otro con
dudas e indecisiones, y vamos apagando poco a poco las lucecitas
de amor.
Te voy a explicar qué son el amor y el odio. Amar es una tarea
fuerte y de personas audaces; los cobardes no se animan a amar,
porque temen salir lastimados.
El amor nace desde el espíritu, luego pasa por la mente y por fin
llega al cuerpo como último eslabón, para lograr la unión de las personas
que se aman.
Amar es como subir una montaña empinada, con algunos caminos
fáciles de transitar y otros llenos de obstáculos.
Llevas en la mano una
lámpara encendida para que ilumine tu vida y para que te dé algo de
calor; vas subiendo, tratando de que el viento no apague la luz, y buscas
reparo para que la llama no se apague. Vas subiendo, con energía
e ilusiones, por el sendero de la montaña, mientras el clima te acompaña
y los olores de la naturaleza te elevan, y te vas preguntando qué
se sentirá al llegar a la cima, con qué te encontrarás, qué sensación
tendrás y dónde estará la paz.
Sin embargo, es mucho más placentero
subir por la mañana que llegar a la cima, porque a veces llegar a la
cúspide no nos satisface. Estamos acostumbrados a que siempre nos
falte algo, y esto nos hace muy poco agradecidos.
En cambio, el odio no da trabajo, sale solo; es como estar arriba
de una montaña, tirar una piedra y mirar hacía abajo para ver cómo
cae, hasta llegar al pie de la montaña.
Seguramente habrás escuchado decir que del amor al odio hay un
paso, y así es; lo que amé, lo que fue importante para mí, si no
responde en algún momento a mis expectativas, lo crucifico y lo transformo en odio; total, no cuesta esfuerzo odiar; simplemente lo
siento, no necesita paciencia ni cuidado.
El odio crece solo, crece con
el paso de los días, más y más.
Todo lo que amé en el otro, cuando di algo y no tuve respuesta,
ahora se convierte en rencor, en odio, y lo quiero ver de rodillas, pidiendo
perdón por sus acciones.
Pero, aunque aceptara hacerlo, eso no te bastaría, porque todo ese
odio no le llegó.
Te llegó a ti, te envenenó la sangre y las palabras y
condenó tus buenos momentos.
Y sigues echando la culpa de tu desdicha a quien crees que ha sido
el responsable de haberte arruinado la vida.
Reconoce que tú le permitiste que te la arruinara.
No dejes que
ese odio siga dentro de ti, porque tu maldición seguirá cayendo sobre
tu vida. Deja tranquilo a quien te dañó, para que tú te quedes tranquilo.
Deja que el infierno de sentimientos negativos que vive dentro de
ti desaparezca, para que pueda quedar sólo un gran remanso que te
deje respirar con toda el alma.
Debatirse entre el amor y el odio, entre la alegría y la tristeza,
entre la certeza y la apatía, es seguir animando el fuego de tu propio
infierno.
Amar, muchacho, amar, esa tarea que nos dejó nuestro Señor,
parece fácil y, sin embargo, ¡cuesta tanto!
Debes perdonar a los que no te quieren, a los que te abandonan,
pero debes hacerlo por ti, por tu paz; puede ser que el otro necesite
tu perdón, pero hazlo, sobre todo, por ti.
No te castigues sufriendo; no te lo mereces. Puedes fracasar, sentirte
derrotado, triste, y hasta aceptar, por un momento, sentirte así.
Mas es importante que sepas que siempre tienes otra oportunidad
para ser, para hacer, para sentir.
No te aferres a lo que te hace sufrir, porque sufrirás más.
No siempre uno es sabio para hacer buenas elecciones, pero
puedes seguir eligiendo siempre, porque eres libre. Tienes otra oportunidad
cada vez que te propongas volver a empezar.
Amigo mío, en la próxima vida, si es que decides volver, acuérdate
bien de esto: vive, ríe y ama.
Si vuelvo a tener otra oportunidad de vivir, prometo no
dejar que en mi interior surja ese pequeño infierno, que muchas
veces alimentó sentimientos dolorosos en mi mente.
Ahora estoy convencido de que la vida es bella, cuando uno
la toma como una bendición y no como un castigo. Si esto lo
hubiera aprendido antes, estoy seguro de que todavía estaría
vivo, de que el éxito me hubiera tocado de cerca.
La vida invita a viajar vertiginosamente entre los afectos,
entre la gente que se te acerca y la que se te va.
Uno busca sobrevivir y no sabe vivir; uno busca que todo el
tiempo los demás te acepten, te quieran.
Buscamos constantemente
el amor, y el amor es la vida; y, si amas la vida, ella también
te ama.
¿Por qué es tan difícil aprender, si es más simple de lo que
uno piensa? Buscamos excusas todo el tiempo para limitarnos
y buscamos culpables, porque nuestro ego no nos deja ver
hasta dónde somos nosotros los verdaderos culpables.
¿Viste cómo aprendí la lección y lo convencido que estoy de
lo que digo? Si alguien me hubiese dicho que yo tenía
que morirme para aprender a vivir, lo habría mirado pensando
que estaba loco.
Aunque, pensándolo bien, todo es loco; si estar loco es liberarse
de las ataduras, decir lo que uno piensa, hacer lo que
uno siente, dejar lo que nos hace mal, largarse a la aventura,
¡bienvenida esta locura de vivir donde sea, en el Cielo o en la
Tierra!
Lo importante es la libertad de buscar la felicidad. ¡Eh, me gusta escucharte!
Te brillan las alas cuando hablas así.
¿Te acuerdas cuando llegaste?
Estabas realmente en el limbo.
En el limbo viví siempre.
No me vas a decir que no valió la pena enfrentar la osadía de
escuchar a tus maestros; mira si te hubieses quedado como un
espíritu sin rumbo.
Es que me costó aceptar mi muerte.
Y dime, ¿piensas volver a vivir?
Siento que hacerlo sería como hacer un examen, el de mi
vida. ¿Cómo sabré que no me olvidaré de todo esto?
Ya lo sabrás pero, si seguímos hablando, tengo la idea de que te
quedarás en este Cielo. ¡No, quiero conocer más! Ahora quiero todo; no todos los
días uno puede conocer Cielos diferentes. Bueno. ¿Qué te parece si vamos? Vamos.
Francesco y su amigo abrieron bien sus alas y, con toda la luz
que irradiaban sus alas, empezaron a elevarse. Comenzaron a
ascender de una manera suave y armoniosa, junto con la nube
dorada.
Subieron y subieron.
Algunas nubes los ayudaban a desplazarse
con más rapidez. Por algunos tramos se quedaron
dormidos, como a quien después de emprender un largo viaje lo
vence el cansancio.
Una gran luz los fue despertando suavemente,
y al abrir sus ojos apreciaron todo el color del segundo
Cielo... todo era rosa y dorado; los olores eran más dulces que
los del primer Cielo.
Yohana Garcia.
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